
El que de verdad sabe cocinar, con pasar la mano por encima, saca los ingredientes y hasta el punto de sal – mi abuela María Barros-.
Hoy vamos a abordar este MIYU desde la perspectiva de la cocina. De esta manera, en la simpleza de un plato podremos apreciar tanto su exquisitez como el aprendizaje de eludir las superficiales distracciones que encontramos, no sólo en la cocina, sino en cualquier ámbito de la vida, por extensión.
Siguiendo esta línea, cuando nos detenemos en el plato per se, en la mayoría de los casos la simpleza nos conduce a crear algo fascinante para nuestros sentidos. No necesitamos de tantos ingredientes para lograr un deleite: ¡qué se lo digamos al pan o a unos simples churros!


Igual sucede en la vida, y en nuestro crecimiento espiritual por igual, no es cuestión de reiterarnos en la complejidad de estar rumiando lo que nos sucede o estar auto compadeciéndonos; es cuestión de soltar, fluir, moverse y entrar en acción. Entrar en acción libres de ataduras. Pues, en ello estriba el verdadero perdón. Así, en el perdón encontramos nuestra liberación, dejamos ir la ira y fluimos con nuestra paz interior. Entonces, liberarnos de tanto ingrediente nos conducirá a vivir serenos.

Por analogía, encontramos, liberarnos de las superficiales distracciones, en la simpleza de un plato. Como ejemplo, he tomado el archiconocido «pollo al ajillo» español. Mas, hemos de puntualizar el momento y cómo hacer esta simple receta.
Consideraré los consejos y receta de mi abuela María, para este ejemplo. Ella insistía en la importancia de freír el pollo en abundancia del mismo en la cazuela, de esta manera se va recociendo, alcanzando un dorado y cochura óptimos. Cuando lo tenemos casi listo, es cuando llega el momento de añadir ajos majados en mortero (no cortados en láminas o trocitos) y el laurel. Y, a continuación, hay otro momento justo y preciso: el de añadir el vino para marear la carne justo antes de que doren los ajos. Pues, si se doran, dejan un sabor amargo en el plato y no se logra el auténtico sabor de su simpleza. «No sería pollo al ajillo, Vero, sería pollo con ajos fritos». Y, no es lo mismo ser que estar.
Esto es, hasta en la simpleza, hay un momento justo. Luego, lo bueno, si breve, es dos veces bueno. Para que alcance algo su punto «bueno» ha de respetarse la brevedad de cada acción que le precede. Si atropellamos, hasta en la simplicidad, aquello que la hace ser, estamos interviniendo en el flujo natural de las cosas. ¿Creéis que es un buen ejemplo para comprender que cada cosa requiere su tiempo? ¿Creéis que es un buen ejemplo para comprender que en la simpleza de cualquier cosa se halla el mayor de sus entendimientos?
Las superficiales distracciones: «Los cinco colores ciegan los ojos. Los cinco sonidos ensordecen los oídos. Los cinco sabores saturan el paladar. Las carreras y la caza alborotan la mente. Los bienes difíciles de conseguir corrompen. Por eso el sabio atiende a su interior y no a sus ojos. Ciertamente, atiende a éste y rechaza lo demás» (Epigrama XII, Libro de «El Tao», Tao-Te-King, Lao-Tsé).