¿Cuál es la realidad de nuestras aulas?

Nunca he permitido que la escuela entorpeciese mi educación.

Mark Twain

En la medida que se prioriza la focalización de la instrucción práctica en la enseñanza en detrimento del aprendizaje, podemos abstraer que parece costar trabajo desprenderse de la metodología tradicional (ver Monereo y Monte, 2001 y Quinquer, 1997;  Rius, 2010, Zabalza, 2000).

En este sentido,  Quinquer (1997), subraya la necesidad de formar al personal docente en estrategias o modelos didácticos aplicados que se adecuen a las exigencias que demanda cada Centro. De esta manera, se posibilita desmitificar el concepto de buena escuela enquistado en el Sistema Educativo, dando paso a la apertura de horizontes en el entendimiento de lo que el aprendizaje es y de los beneficios que reporta la interacción entre profesor-alumno y la focalización de la instrucción práctica en el discente (ver Bruer, 1995, citado por Ruíz, XXXX; Dumont, Istance y Benavides (Ed.) 2010).

Con relación a orientar la práctica en el discente, atender la diversidad y contar con conocimiento sobre las sintomatologías que presenta el alumnado con necesidades especiales, se hace necesario reflexionar sobre la información que al respecto proveen estudios centrados en esta materia. En este sentido, con objeto de hacer observable en qué medida nuestra escuela requiere de formación y medidas para la atención a la diversidad y, con ello, favorecer la inclusión, consideramos acercar el estudio realizado por Soroa, Gorostiaga y Balluerka (2016). Desde su investigación en 108 centros, con una muestra compuesta por 1278 docentes, logran sacar a luz el conocimiento que, sobre la sintomatología e intervención educativa en niños con TDAH, los maestros tienen. Desde su estudio analizan la instrucción recibida por el profesorado en educación formal, no formal e informal en la materia, así como el conocimiento auto-percibido sobre TDAH y la auto-eficacia percibida para ser docente de niños que presentan este trastorno; llegando a la conclusión de que el conocimiento que poseen los docentes sobre el mismo oscila entre un nivel bajo y moderado.

Desde este estudio, estas investigadoras promueven la necesidad de formar al docente en distintas vías que comporten una mejora de la calidad y de la cantidad de la información recibida, lo que conduciría a una autopercepción positiva sobre su desempeño eficaz y eficiente en su profesión (Soroa, Gorostiaga y Balluerka, 2016). No obstante, cabe preguntarse si la formación que reciben los profesores es luego puesta en práctica. En este sentido, Bolívar (2019) se cuestiona como siendo nuestro país uno de los que mayor inversión hace en formación del profesorado dentro de la UE, sea un país con una Educación considerablemente alejada de la de otros países, de tomar el rasero de rankings y pruebas objetivas estandarizadas, como lo son las evaluaciones PISA. Luego, ¿qué de aquello en lo que se instruye al docente es verdaderamente llevado a la práctica? Como dijo Platón: «El que aprende y aprende y no practica lo que sabe, es como el que ara y ara, pero no siembra».

Con ánimo de detenernos en la opinión publica de profesionales y expertos en educación, consideramos el artículo periodístico de Rius (2010). Desde él, este periodista nos acerca las opiniones de distintos profesionales relacionados con el contexto educativo, de entre ellas, destacamos la de Valentín Martínez-Otero, psicólogo, pedagogo y profesor en la facultad de Educación de la Universidad Complutense, quien afirma que «Muchos alumnos, aun sin ser plenamente conscientes, se desmotivan por falta de estímulos suficientes en el aula; en las programaciones no siempre se tienen en cuenta sus intereses, y el proceso educativo sigue más centrado en la enseñanza y el profesorado que en el aprendizaje y en el alumnado».

En relación a esta resistencia al cambio, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (i.e. OCDE), desde su informe de 2010, “La Naturaleza del Aprendizaje: Investigación Científica para inspirar la Práctica Docente” promueve la necesidad de transformación de las Instituciones Educativas, facilitando pautas a incardinar en la concreción curricular de los Centros y de la que es responsable el profesor. En este sentido, Dumont, Istance y Benavides (Ed.) (2010) compilan los avances científicos más destacados, reconstruyendo los principios que garantizan un buen ejercicio de la práctica docente, acorde con la sociedad y con el sistema económico en el que vivimos. Igualmente, promueven los beneficios que, una práctica educativa perfilada de acuerdo a los mismos, garantiza: dotar de significación al aprendizaje, favorecer el desarrollo cognitivo y emocional, favorecer la construcción de lazos emocionales, favorecer la socialización e inclusión, desarrollar la autonomía del aprendizaje, favorecer el conocimiento y consciencia del medio ambiente, desarrollar el sentido crítico, favorecer el reconocimiento de la heterogeneidad del grupo, entre otros. Con relación a este conocimiento: ¿es posible discernir un método didáctico que consiga aunar todos estos principios para la buena praxis?

Considerando adicionalmente las Recomendaciones que, para la praxis docente, promueve la LOMCE (2013) con ánimo de hacer alcanzables los objetivos y propósitos de nuestra Educación, cabe preguntarnos: ¿está el profesor motivado con su trabajo?, ¿le motiva lo que hace?, ¿tiene verdadera vocación como profesor?, ¿qué promueve en el aula de lo que se recomienda institucionalmente?, ¿qué promueve en el aula de lo que recomienda la Comunidad Científica?

Estas cuestiones nos ayudan a profundizar en el porqué de las cosas, en su esencia. Las cuales se aprecian muy útiles para indagar más allá de la naturaleza que, en apariencia, nos acercan diversas aportaciones al respecto de la realidad de las aulas y de los pasillos de los Institutos. 

Verónica García-Melero

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